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enviar por emailSegundo encuentro de las jornadas La tierra de nadie en la red de los nombres
Publicado el 26.02.06 , por Espai en Blanc
El civismo se ha convertido últimamente en un frente de acción prioritario para diversas administraciones. Se discute sobre civismo en los media y en los plenos municipales, se hacen campañas públicas para promoverlo, se identifican conductas incívicas, se diseñan normativas específicas para combatirlas e, incluso, se crea un nuevo voluntariado encargado de velar por el orden cívico. Ahora bien, ¿hasta qué punto se ha convertido el civismo en un elemento central de la gobernación de la ciudad?; ¿cómo se conjuga el estado penal con esta nueva cruzada cívica? Conocemos los mecanismos clásicos de ejercicio del poder, mediante instrumentos de control y vigilancia, pero ¿en qué tipo de dispositivos se apoya el discurso por el civismo y cómo se pone en marcha? Y, por último, dado que este civismo no parece querer cimentar un mayor sentido de lo común, ¿qué tipo de individuo intenta construir?, ¿se trata en último término de otra forma, entre tantas, de neutralizar lo político?
“…la vigilancia con vídeo de las zonas renovadas del centro se ha extendido a los aparcamientos, a los paseos privados, a las plazas, etc. Esta vigilancia extensiva crea un “scanscape” virtual, un espacio de visibilidad protectora que delimita cada vez más la zona en la que los oficinistas y los turistas de clase media se sienten seguros en el centro. Inevitablemente, las cámaras de vídeo de las empresas y de los centros comerciales acabarán por conectarse a los sistemas de seguridad de los domicilios, a los “botones de pánico personales”, a las alarmas de los automóviles, a los teléfonos móviles y otros sistemas similares, en una continuidad ininterrumpida de vigilancia a tiempo completo. De hecho, el estilo de vida yuppie se definirá muy pronto por la capacidad de proveerse de “ángeles de la guardia electrónicos” que velen sobre uno (estos tiempos difíciles son un período bendito para los fabricantes de sistemas de videovigilancia; el principal de ellos, una empresa sueca, es ahora el espónsor oficial de la enorme maratón de Londres)” Davis, Mike, Más allá de Blade Runner. Control urbano: la ecología del miedo. Bilbao: Virus, 2001, p. 9.
“El delincuente se distingue del infractor por el hecho de que es menos su acto que su vida lo pertinente para caracterizarlo. Si la operación penitenciaria quiere ser una verdadera reeducación, ha de totalizar la existencia del delincuente, hacer de la prisión una especie de teatro artificial y coercitivo en el que hay que reproducir aquélla de arriba abajo. El castigo legal recae sobre un acto; la técnica punitiva sobre una vida; tiene por consecuencia reconstruir lo ínfimo y lo peor en la forma del saber; le corresponde modificar sus efectos o colmar sus lagunas por una práctica coactiva. Foucault, Michel, Vigilar y castigar. Madrid: Siglo XXI, p. 255.
“La operación penal entera se ha cargado de elementos y de personajes extrajurídicos. Se dirá que no hay en ello nada extraordinario, que es propio del destino del derecho absorber poco a poco elementos que le son ajenos. Pero hay algo singular en la justicia penal moderna: que si se carga tanto de elementos extrajurídicos, no es para poderlos calificar jurídicamente e integrarlos poco a poco al estricto poder de castigar; es, por lo contrario, para poder hacerlos funcionar en el interior de la operación penal como elementos no jurídicos; es para evitar que esta operación sea pura y simplemente un castigo legal; es para disculpar al juez de ser pura y simplemente el que castiga: “Naturalmente, damos un veredicto; pero aunque haya sido este provocado por un delito, ya están ustedes viendo que para nosotros funciona como una manera de tratar a un criminal; castigamos, pero es como si dijéramos que queremos obtener una curación.” La justicia criminal no funciona hoy ni se justifica sino por esta perpetua referencia a algo distinto de sí misma, por esta incesante reinscripción en sistemas no jurídicos y ha de tender a esta recalificación por el saber.” Foucault, Michel, Vigilar y castigar. Madrid: Siglo XXI, p. 29.
“Las políticas de seguridad son contrarias a los requisitos para u tratamiento adecuado de los nuevos problemas del malestar, precariedad y exclusión social que surgen en nuestras ciudades. Por un lado están dirigidas explícitamente a las poblaciones marginales que se mueven en nuestras ciudades (recurriendo a menudo a la represión directa). Por ejemplo, a causa de la típica combinación entre demanda de seguridad y criminalización de la miseria, los vagabundos aparecen como la figura eminente de la degradación y el desorden urbano. En precario equilibrio entre la asistencia social y la represión, los vagabundos pueden ser chivos expiatorios de la demanda de seguridad, blancos naturales de la “tolerancia cero”.” Tosi, Antonio. Prólogo. En P.Cottino: La ciudad imprevista. Barcelona: Edicions Bellaterra, 2005, p. 13.
“Las estrategias de control radican, en suma, en la gestión de determinados grupos, de determinadas categorías de sujetos hacia los cuales se dirige la vigilancia, la “incapacitación” y la intimidación. El individuo, el sujeto desviado como “caso”, sólo tiene relevancia en cuanto sea posible clasificarlo en una categoría, sobre la base de una valoración probabilística y estadística del riesgo”. Esto implica el abandono de las argumentaciones basadas en la responsabilidad y la capacidad de entendimiento de los sujetos, a favor de un discurso sobre el riesgo, los factores de peligro y la gestión de situaciones problemáticas. Las funciones de normalización de los sujetos, que tradicionalmente eran consideradas parte de las estrategias de control social y que se basan en la centralidad del sujeto –considerado por las ciencias médicas, psiquiátricas y criminológicas como una materia dúctil, transformable y tratable- son externalizadas por los sistemas de control hacia otros ámbitos de la sociedad. A las estructuras de control les quedan funciones de vigilancia masiva, de gestión del ambiente físico y de intervención sobre los comportamientos que se produzcan en determinados contextos de interacción “de riesgo”. La intervención sobre el riesgo de desviación tiende, por una parte, a despersonalizarse, dirigiéndose cada vez más sobre el ambiente que sobre los individuos; por otra, tiende a “colectivizarse”, ya que el riesgo constituye un factor colectivo. Prevalece así la lógica de la prevención respecto a la tradicional, centrada en la intervención del tratamiento una vez que se ha manifestado el comportamiento desviado.” De Giorgi, Alexandro, Tolerancia cero. Estrategias y prácticas de la sociedad de control. Bilbao: Virus, 2005, pp.70-71.
"La democracia tiene problemas con la libertad. Si es verdad que la democracia real se configura como democracia-liberal, y que ésta ha sido finalmente la solución victoriosa, es al propio binomio libertad y democracia al que la crítica debe apuntar. Se trata de descomponer y contraponer los dos términos – libertad versus democracia – porque si la democracia es identidad, la libertad es diferencia. De aquí que el problema de la democracia deba abordarse desde dos lados: una crítica desconstructiva de la democracia tiene que acompañarse de una teoría constructiva, o sea, una teoría fundadora o refundadora de la libertad, del concepto o de la práctica de la libertad. Mario Tronti. Per la critica della democrazia politica." Publicado en AAVV: Guerra e democrazia. Manifestolibri. Roma. 2005.
Michael Foucault. Vi gilar y castigar, Siglo XXI, 1976.
Davis, Mike. Más allá de Blade Runner. Control urbano: la ecología del miedo. Bilbao: Virus, 2001.
De Giorgi, Alexandro. Tolerancia cero. Estrategias y prácticas de la sociedad de control. Bilbao: Virus, 2005.
Cottino, P. La ciudad imprevista. Barcelona: Edicions Bellaterra, 2005.
D. Melossi: El estado del control social. Siglo XXI, Madrid, 1992.
D. Burton-Rose (ed.); D. Pens y P. Wright: El encarcelamiento de América. Virus. Barcelona. 2002.
Loïc Waquant. Les prisons de la misère. Raisons d’agir. Paris. 1999.
M.Tronti. "Per la critica della democrazia politica", en AAVV: Guerra e democrazia. Manifestolibri. Roma. 2005.
El discurso del civismo es una cortina de humo. Es un cajón de sastre donde se pone todo aquello que no encaja en la ciudad-empresa que se está construyendo (la mendicidad, las prostitución, la venta ambulante, la disidencia etc.). El civismo está cubierto de cinismo: es hipócrita hablar de civismo cuando lo que se encubre es una campaña de “limpieza”. El discurso del civismo funciona:
Apoyándose en la obviedad (no tiene sentido ser incívico, defender la suciedad en la calle… obviamente).
Neutralizando lo político: todo es traducido a una forma administrativa (se pone una multa) que despolitiza.
Creando un simulacro de socialidad, de espacio público.
Gestionando la vida y, especialmente, las formas de vida. De aquí que la vida aparezca en ella misma como un campo de batalla.
El discurso del civismo despolitiza el malestar. El discurso cívico es el discurso de la democracia. Por ello, criticar el civismo es criticar la democracia. Desmontar el discurso del civismo es desmantelar una pieza central de esta sociedad.
Características y contexto del discurso del civismo
La Ordenanza del civismo, lo mismo que el Forum, ha hecho reaparecer el discurso sobre el modelo de ciudad. La Ordenanza conecta con las posturas higienistas del siglo XIX y desarrolla su discurso refiriéndose a la ciudad como si fuese un cuerpo enfermo, atacado por la morbidez y las infecciones que tiene su representación en las campañas publicitarias.
Actualmente, la ciudad es creada en un laboratorio y, posteriormente, ofrecida a la ciudadanía. La ordenanza entronca con la idea de un espacio domesticado y domesticable. Por ello mismo, hay un acoso a la disidencia política.
La Ordenanza del civismo no es una medida excepcional de Barcelona. Es un reglamento más de entre los que se están proponiendo y aprobando en diferentes ciudades del Estado español. Son propuestas hechas tanto por el PP como por el PSOE.
En la manifestación que se hizo contra el civismo faltaban los cívicos (sindicatos, partidos, etc.). Fue una manifestación en la que se gritaba “patinar no es un delito” y tener que reivindicar algo tan absurdo, sólo puede generar estupefacción. El arma más fuerte del discurso del civismo es el lenguaje (asociar ruido con civismo) y el efecto paternalista que genera. ¿Cómo discutes lo evidente y obvio?: la limpieza de las calles, el respeto mutuo, etc. También es asimilable al Nacionalcatolicismo: no se penaliza la prostitución, sino aquella que se ejerce en espacios públicos y es, por tanto, visible. La Ordenanza oculta la desigualdad, la pobreza…
El civismo no es ni nuevo ni inteligente; es del franquismo. El civismo se pone en práctica cuando la adhesión de la gente con el poder es muy grande.
La Ordenanza no pertenece al pasado, pertenece al futuro; aunque tenga elementos fascistas clásicos. La Ordenanza nos proporciona la oportunidad de criticar la democracia realmente existente. La democracia es Guantánamo y el civismo; es la mezcla de Estado guerra y de Fascismo postmoderno.
Parece que se esté utilizando la ética contra la política. Siempre que hay un discurso político se le contrapone un discurso ético.
La Ordenanza es el discurso del “estás conmigo o estás contra mí”. Tal vez no debiera hablarse de despolitización; ¿debería hablarse de creación de una esfera política donde sólo participan determinados interlocutores (ONG, etc.)?
La Ordenanza reconoce que sí hay un conflicto, pero intenta despolitizarlo. Si la Ordenanza se aplica es porque hay un malestar, un conflicto, desigualdades, etc.
Objeto y objetivo del discurso del civismo
Iniciativas como la Ordenanza apuntan contra conductas, no contra personas. Esto hace del discurso del civismo algo potente, en el sentido que se relaciona con la obviedad. Se diagnostican fallos en la conducta que hay que corregir, pero luego se criminalizan personas, movimientos y acciones vehiculadas por los movimientos sociales. Se podría decir que se desplaza la guerra a la relación entre los individuos: “escupo, y se me sanciona; otras personas me dicen que escupir está mal”. No se sanciona al individuo porque actúe contra el Estado. Ahora no se penaliza la pobreza, sino la mala educación: se puede hacer lo que se quiera, siempre y cuando no se haga visible el conflicto y, menos, que se vislumbre el mínimo atisbo de antagonismo. Se condena la falta de urbanidad (“las putas no saben comportarse”) y se reduce la vida social a rituales vacíos (abrir la puerta y ceder el paso). La Ordenanza pretende un ordenamiento de la manera de vivir juntos, sin que se visibilicen los enfrentamientos. Lo que se llamaba democracia radical es el ciudadanismo de la actualidad.
Después de 20 años de gestión económica neoconservadora se ha producido una crisis territorial, urbana, que se dirige, principalmente, contra El Raval y que se visibiliza en la expulsión de los pobres. La Ordenanza intenta oponerse a las maneras de buscarse la vida en la ciudad mediante el fomento del mercantilismo. Existe una crisis de la ciudadanía que se evidenció en el fracaso del Forum y una crisis de la democracia representativa. El antagonismo está en la calle y tratan de neutralizarlo. Sin embargo, el hecho de que la Ordenanza pretenda dar respuesta a tantas crisis convierte esta iniciativa en extraordinariamente vulnerable.
La pobreza, la economía informal, la gentrificación, etc. no se pueden erradicar; sólo se pueden gestionar. La Ordenanza actúa sobre la excepcionalidad y sobre los problemas que son susceptibles de ser tratados punitivamente y de ser trasladados a otros lugares. El poder hace referencia a conductas porque no se atreven a hablar directamente de los colectivos sociales.
No es tan claro que la Ordenanza ataque a todos los campos. Hoy la sociedad derrotada (adherida a Zapatero y a los políticos de la izquierda) es un terreno abonado para que no haya más política que la alta política. La Ordenanza va dirigida a la gente rendida, vencida, no a la gente que hay que disciplinar.
La Ordenanza no se dirige contra el presente sino contra el futuro. Barcelona es una sociedad dinámica y así se vende: la economía informal es una pieza fundamental en la actualidad, ayuda a vender, y a que Barcelona funcione.
Barcelona es un continuo fracaso de adaptación de modelo: ciudad de congresos, ciudad de encuentros… Barcelona no es una ciudad planificada. Se planifica la puesta en escena, pero nada más. Barcelona carece de poderes públicos.
¿Es necesario enseñarnos a ser cívicos? ¿A qué responde esa necesidad de enseñarle a la gente a ser cívica? “No cruces en rojo, convive”. A nosotros no nos problematiza, pero ¿qué pasará con las generaciones que se hayan criado en el civismo?
Resistencias contra el civismo
Somos víctimas de la política espectacular y mediática. Tenemos un problema de creatividad y de comunicación con las personas de nuestro entorno. Sólo recurrimos a las tácticas, nunca a las estrategias: jugamos siempre en campo del enemigo. La tendencia es responder, no a los políticos del Ayuntamiento, sino a la representación mediática de los políticos del Ayuntamento.
No podemos hablar de ciudadanía ya, tenemos que desocupar este lenguaje. Hay que desplazar el discurso de la ciudadanía. Hay que apropiarse del lenguaje: pervertirlo. Pensemos la Marca Barcelona desde una óptica diferente.
La manera de resistir a la Ordenanza es viviendo: actuar como lo hemos hecho hasta ahora. Si prohiben jugar al fútbol, la forma de resistirlo, es jugar. Si el campo de batalla es la vida, la forma de resistir es viviendo: ¿Van a cargar los Mossos contra 100 niños que jueguen al fútbol?
En Barcelona sólo se controlan las putas, los pobres, los patinadores, los graffiteros, los ocupas, etc. No hay control sobre lo importante: la especulación inmobiliaria. Hay que preguntarse qué es el civismo y contraponer lo que nosotros pensamos que es el civismo frente a lo que dicen ellos. Si quieren un escenario de clase media, vamos a hacer de paletos. No hay que hacer esfuerzos para que esto no parezca lo que ellos quieren que parezca. Hay que buscar luchas y objetivos más suculentos: el capitalismo. No se trata de, si nos prohiben mear, desobedecer meando en la calle. ¿Mear o no mear? No, no se trata de eso, ya que si no queda oculta la especulación, etc.
No hay que centralizar. Cada uno debe hacer lo que pueda: el patinador, patinar; el graffitero, pintar, etc. Hay que mearse en el civismo, ser irrespetuoso, burlarse. Hay que subvertir el uso de la ciudad. Si el turista está en la calle, deberíamos ocupar la calle.
Desdichadamente las alternativas prácticas al civismo vienen de la mano del FAD (Foment de les Arts Decoratives) y de su campaña “No mearás en la calle” (según su web: un proyecto realizado por un grupo de jóvenes [que] “ Pretendemos con nuestras acciones concienciar a los meadores compulsivos-callejeros que contribuyan a mantener limpias nuestras calles, pues la zona amarilla se está extendiendo por toda Barcelona...”) y de la Obra social de La Caixa que se encarga de financiar proyectos que redunden en “la convivencia”. Por ello, es más oportuno que nunca hacerse la pregunta: ¿Quién es el enemigo?
La Ordenanza puede ser combatible a nivel simbólico, puede ser atacable a nivel simbólico.